Convulsiones: psicoterapia nudista y crónica de caso.

Este post fue solicitado por el foro de lectores de mi historieta semanal “Little Tabu and Friends”, dibujada por Diego Jefferson X. El foro estaba interesado en la psiconota del tratamiento de un caso de convulsiones de origen no patológico.

El caso es el de Lucifer Galindez (su nombre verdadero), paciente de 49 años, soltero, pedicuro y golfista, que ingresó a la guardia freudiana del Hospital Braulio Torda traído por un taxista de pantalones brillantes.
El paciente, durante su tratamiento experimentará visiones de taxistas con pantalones luminosos.

Al examinar su historial clínico surge que desde los 18 años padece convulsiones epileptiformes, siempre como consecuencia de frustaciones: a los 18 años, al morírsele un siamés al que le daba bomba; a los 21 años al extraviársele un casette con chistes de Corona, y a los 37 años cuando en su Pedicuría fue atacado por vender arena dentro de envases de talco.
En todos los casos las convulsiones pasan y el paciente recupera el color natural de su piel a los pocos minutos, excepto en el caso del talco falso en el que quedó blanco y lleno de arena.

Fue examinado por los distintos servicios del Hospital, y en todos se descartó un origen o curso biológico de patología epiléptica.

Como coordinador de la Guardia Freudiana de dicho nosocomio, me entrevisté con él. Participó del dispositivo terapéutico la Lic. Gloria Ategoy, destacada paralógoga del campo Jungiano y conocida en ámbitos académicos por su apodo de “Dra. Concha”.

La primera entrevista se hizo con el paciente desnudo, quien se había ceñido los testículos con cinta adhesiva, en una crisis auto – castratoria . Para generar rapidamente el vínculo de transferencia, todos los cinco miembros del equipo freudiano – junguiano se mostraron completamente desnudos en la primer entrevista. En tan solo dos horas habíamos logrado una plena confianza y relación transferencial con el paciente, que incluso llamaba a la Lic. Ategoy por su sobrenombre.

Es altamente productiva una sesión donde todos los terapeutas y el paciente están desnudos. El de L. Galíndez y otros casos lo confirman, como lo demuestro en mi tesis de Posgrado de 1981 “Sorpresita y Sorpresota: nuevas psicoterapias nudistas”.

Ya en la tercer sesión confirmé que el paciente era un histérico, al que cualquier frustración de mediana a grande, o mucho más que extra grande o como yo las llamo “Frustaciones XL”, lo empujaba a manifestaciones convulsivas.
Aplicamos entonces terapias que colaboraban con la descarga psíquica de las pulsiones reprimidas.
Comenzamos jugando a la Rayuela Nudista, donde el paciente debe saltar desnudo, y cuando tropieza o pierde, es obligado a memorizar un poema o soneto de Góngora. La memorización era perfecta. Además de afianzar su cultura, me interesaba conocer si era posible la aparición repentina de una crisis palilálica marcada por la repetición de una palabra, silaba o frase, que indicaría otro curso de la enfermedad.

No se dieron estas repeticiones. Lo único que repetía el paciente era la lista de publicidades de servicios personales para la mujer y el hombre (rubro 59) lo que no es considerado crítico sino una simple proyección de su líbido.
Se volvió tan diestro en el manejo de direcciones de whiskerías, cotizaciones de tríos y ofertas de promociones sexuales, que por las mañanas atendía personalmente un teléfono en el Centro de Atención al Consumidor de la zona norte de Capital Federal. Esta laborterapia coadyuvó de manera significativa a su recuperación, a la que vez que le permitió tejer una nueva red socio afectiva con gran cantidad de consumidores de prostitución, muchos de los cuales estaban más locos que él.

También conseguía atención gratuita en rameras para otros pacientes ambulatorios de la Guardia Freudiana de varios hospitales. Esto sería anecdótico, de no ser porque originó un hecho pasional conocido como “La Loca del Edipo”, de amplia repercusión pública y relatado en mi monografía de similar nombre.

Tiempo después, a los seis meses de psicoterapia, a raíz de que el paciente ingresó vestido de Tribilín en el Hospital, se estudiaron sus ondas cerebrales. Los estudios encontraron que en la zona anterior del cráneo tenía un ritmo de ondas beta superior a 14 hz.
Mientras esto ocurría, mediante un estudio de sus sueños, pude determinar que el abuelo del paciente había sido radioaficionado, por lo cual la variación en sus ritmos cerebrales debía atribuirse a una permanencia en su inconciente del trauma radial de su abuelo, largo de explicar en un resumen, que resumidamente había consistido en que solamente tenía erecciones en presencia de su aparato de teleradiofonía.
Al no encontrarse patología física asociada a la medición de ondas en los polos frontales craneanos, atribuimos validez a la tesis del abuelo al que la onda corta se la volvía larga.

Luego de dos años de terapia, en que hubo una interrupción de dos semanas debido a una internación judicial del paciente por haber levitado en la calle sin autorización municipal, el sujeto fue dado de alta, y volvió a sus tareas de pedicuro y difusor de la prostitución amateur.

Estudiando los vínculos familiares, se trató de falta de representación simbólica por motivos afectivos, ocurrido según el horóscopo maya a los siete años, tres meses y cuatro días de vida del paciente, desconociéndose el hecho preciso pero pudiendo conocerse sus consecuencias por inferencia a partir de los síntomas.


Alucinaciones de una paciente durante la sesión.

La paciente concurre a la consulta, derivada por su astróloga.

Su nombre (alterado para la difusión) es Anna Drácalinsky, patinadora profesional del equipo nacional, de 33 años, 1, 78 de estatura, de contextura menuda y senos demasiado grandes para su cuerpo. Se presenta aliñada, vistiendo un conjunto de bremer, con polera de excesivo abrigo para la estación. Como es de cuello corto y papada grande, la parte superior de la polera se le sube hacia la boca, cubriéndosela parcialmente y obligándola a un movimiento permanente de tapar y destapar la zona de la barbilla..

Le pido que se recueste en el diván, cuestión que hace voluntariamente, mientras dice “estoy acostumbrada a que me acuesten”.

Por la primera impresión pude darme cuenta que la señora Anna posee misterios que quiere decir y que a la vez teme mencionar, de allí el movimiento que hace con el pulóver sobre su cara. La ropa desproporcionada le genera un calor físico excesivo, por lo que me hizo pensar en carencia de cariño. Es por eso que preparo mi pregunta, pero ella no me deja hablar, contándome “lo que me trae acá doctor”.

Manifiesta que desde hace dos semanas, presenta dolores en su ojo derecho, describe el dolor como “un falo que la penetra en el ojo“. Relata que una vez vio un falo en una enciclopedia y que le quedó grabada la imagen.

Le explico que falo es una construcción simbólica, no existen los falos sueltos en la naturaleza. Me replica inmediatamente que a dos cuadras de su casa, sobre la Avenida de Mayo en Buenos Aires, vive un falo que es fana de Maru Botana, la cocinera de la TV. Se hace un silencio y me menciona que “los psicólogos no me creen, pero hay muchos falos en un edificio de Parque Patricios” e inmediatamente señala la ventana que está a mi espalda y pregunta ” ¿Ese unicornio me va a decir que es tan simbólico como los falos? Eh?”.

Me sonrío ante su respuesta a manera de apoyo a la alucinación, y le pregunto qué era lo que ella creía. Me pide que me de vuelta y mire el Unicornio. Era la primer sesión y le repito que ella no me ordena, que debe responder o no las preguntas. Me dice que el dolor se le ha ido durante la charla, y nuevamente me solicita que yo observe al Unicornio que estaría a mis espaldas.

Evidentemente el dolor tenía una naturaleza histérica, y la permanente cita de falos y pedido de “que le mire el Unicornio”, tenía un claro direccionamiento hacia su genitalidad reprimida. Decido hacerle caso diciéndole que voy a dirigir la vista a la ventana, a fin de destrabar la sesión.

Al mirar vi un pequeño Unicornio de color gris, apenas más chico que un caballo Pony, que caminaba en el patio trasero.

El proceso transferencial había comenzado repentinamente y Anna Dracalinsky y yo, su terapeuta, ya compartíamos alucinaciones.

Recordé el principio de que la alucinación es un modo de respuesta del sujeto, que permite el retorno de la libido a los objetos. Con ese fundamento y pese a que yo estaba alucinando, decido continuar con la sesión y la interrogo “Es un unicornio común y corriente, qué le ve Ud.?.

Sorpresivamente me agradeció, y me señaló que ese Unicornio la seguía a todos lados hacía un tiempo, “pero a la distancia”.

Establecemos un cronograma de una sesión semanal, y le solicito que de ahora en más deje que el Unicornio se acerque a ella, que no le tema, y que cada vez que le duela la vista llame al Unicornio gritando “Aserejé aserejé”.

Mientras me paga los 4000 dólares de la sesión, me pregunta porqué lo debe convocar al Unicornio con esas palabras; le respondo que le daré la respuesta en la próxima sesión.

Anna se va y el Unicornio con ella. Ante las alucinaciones decido hacer supervisar la terapia de la paciente con otro colega, y convoco telefónicamente al Lic. Alberto J. Mastrangelo, consultor. El Profesor Mastrángelo propone estar presente en la próxima sesión solo si le permito permanecer oculto en el consultorio, disfrazado de velador, lo que acepto.

Lector, la seguimos la próxima sesión.