Alucinaciones de una paciente durante la sesión.

La paciente concurre a la consulta, derivada por su astróloga.

Su nombre (alterado para la difusión) es Anna Drácalinsky, patinadora profesional del equipo nacional, de 33 años, 1, 78 de estatura, de contextura menuda y senos demasiado grandes para su cuerpo. Se presenta aliñada, vistiendo un conjunto de bremer, con polera de excesivo abrigo para la estación. Como es de cuello corto y papada grande, la parte superior de la polera se le sube hacia la boca, cubriéndosela parcialmente y obligándola a un movimiento permanente de tapar y destapar la zona de la barbilla..

Le pido que se recueste en el diván, cuestión que hace voluntariamente, mientras dice “estoy acostumbrada a que me acuesten”.

Por la primera impresión pude darme cuenta que la señora Anna posee misterios que quiere decir y que a la vez teme mencionar, de allí el movimiento que hace con el pulóver sobre su cara. La ropa desproporcionada le genera un calor físico excesivo, por lo que me hizo pensar en carencia de cariño. Es por eso que preparo mi pregunta, pero ella no me deja hablar, contándome “lo que me trae acá doctor”.

Manifiesta que desde hace dos semanas, presenta dolores en su ojo derecho, describe el dolor como “un falo que la penetra en el ojo“. Relata que una vez vio un falo en una enciclopedia y que le quedó grabada la imagen.

Le explico que falo es una construcción simbólica, no existen los falos sueltos en la naturaleza. Me replica inmediatamente que a dos cuadras de su casa, sobre la Avenida de Mayo en Buenos Aires, vive un falo que es fana de Maru Botana, la cocinera de la TV. Se hace un silencio y me menciona que “los psicólogos no me creen, pero hay muchos falos en un edificio de Parque Patricios” e inmediatamente señala la ventana que está a mi espalda y pregunta ” ¿Ese unicornio me va a decir que es tan simbólico como los falos? Eh?”.

Me sonrío ante su respuesta a manera de apoyo a la alucinación, y le pregunto qué era lo que ella creía. Me pide que me de vuelta y mire el Unicornio. Era la primer sesión y le repito que ella no me ordena, que debe responder o no las preguntas. Me dice que el dolor se le ha ido durante la charla, y nuevamente me solicita que yo observe al Unicornio que estaría a mis espaldas.

Evidentemente el dolor tenía una naturaleza histérica, y la permanente cita de falos y pedido de “que le mire el Unicornio”, tenía un claro direccionamiento hacia su genitalidad reprimida. Decido hacerle caso diciéndole que voy a dirigir la vista a la ventana, a fin de destrabar la sesión.

Al mirar vi un pequeño Unicornio de color gris, apenas más chico que un caballo Pony, que caminaba en el patio trasero.

El proceso transferencial había comenzado repentinamente y Anna Dracalinsky y yo, su terapeuta, ya compartíamos alucinaciones.

Recordé el principio de que la alucinación es un modo de respuesta del sujeto, que permite el retorno de la libido a los objetos. Con ese fundamento y pese a que yo estaba alucinando, decido continuar con la sesión y la interrogo “Es un unicornio común y corriente, qué le ve Ud.?.

Sorpresivamente me agradeció, y me señaló que ese Unicornio la seguía a todos lados hacía un tiempo, “pero a la distancia”.

Establecemos un cronograma de una sesión semanal, y le solicito que de ahora en más deje que el Unicornio se acerque a ella, que no le tema, y que cada vez que le duela la vista llame al Unicornio gritando “Aserejé aserejé”.

Mientras me paga los 4000 dólares de la sesión, me pregunta porqué lo debe convocar al Unicornio con esas palabras; le respondo que le daré la respuesta en la próxima sesión.

Anna se va y el Unicornio con ella. Ante las alucinaciones decido hacer supervisar la terapia de la paciente con otro colega, y convoco telefónicamente al Lic. Alberto J. Mastrangelo, consultor. El Profesor Mastrángelo propone estar presente en la próxima sesión solo si le permito permanecer oculto en el consultorio, disfrazado de velador, lo que acepto.

Lector, la seguimos la próxima sesión.

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